
Me dijeron que esperara y me hice de madera. Me senté sobre las raíces de un árbol viejo, apretando mis rodillas; acatando el encargo de mis padres, esperé. Esperé tanto que mis piernas se volvieron corteza y mi sangre, savia espesa y lenta. El bosque, que es un laberinto de lamentos, se fue tragando las voces, borrando los rastros y masticando el tiempo.
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